martes, 20 de noviembre de 2007



Subo y bajo. Personas y objetos, descarga mucho más que eso. Poleas, cadenas y cables sostienen ideas, tensión, sueño y argumentos. Nunca acaban. ¨Mientras más piensas más loco te vuelves¨, le dice el gordo al otro, más gordo aún. Es habitado temporalmente, momentáneamente, siempre por un corto lapso.
Subo y bajo y no me detengo. No llegó aún a mi destino.
Escribo y escribo. Subo y bajo. Descanso. Medito, tal vez que, es lo más cercano a volar. Tal vez. Asciendo y desciendo y no es mi voluntad, es la de otros.
Me mimetizo con la transparencia del vidrio del que está cubierto. Los otros me ven pero no existo. Nunca presiono el botón, estoy ahí espectando el deseo de los otros. Los acompaño, brevemente.
Existen mientras los veo. Desaparecen. Dejan de existir cuando bajan.
Nadie siente temor de la máquina en la cual me encuentro. Ya son, parte de ella. Se sienten tan seguros, como si fuera su extensión mecanizada, automatizada y atomizada.
Mi proxemia no se ve ofendida, ni fastidiada. Prefiero los viajes solitarios. O por lo menos, este tipo de viaje.
Veo a los otros interactuando, sin embargo yo, soy la máquina. Yo sólo interactuó conmigo misma. Hablo para mí. Escribo para ella, que me lo solicita, pero estoy aquí porque yo lo escogí, me gustó, por eso me quedé.
Mi narración se detiene. Las ideas dejan de fluir.
Este es mi último viaje que realizo. Se acabó, me voy.

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